No hay nada que funcione mejor para explicar un concepto que la ejemplificación gráfica. Hablar de modelos rizomáticos, por ejemplo: ni un origen ni un final detectables en una masificación de contenidos, en la que la concentración impide diferenciarlos o encontrar su núcleo. Esto, como parte de la escena postdramática, acaba conllevando a una "estética del caos", un arte entrópico en el que la atención se disgregue y se concentre en determinados puntos o "células de atención" en ciertos momentos y luego la misma atención pase a otro lugar en un momento u otro. El arte del caos que produce sentido, una característica que se ha extendido a la actualidad.
Me ha gustado la definición del modelo rizomático, explica así muchos filmes de suspense o thrillers de acción que se encuentran entre mis títulos favoritos a la hora de hablar de películas de gran calidad. No he podido evitar acordarme del arte cinematográfico al hacer mención a una hipertrofia visual a la cual se llega por saturación del tiro visual del arte contemporáneo. Desde el quiebre del positivismo y de la confianza logocéntrica, se ha desplazado con progresiva rapidez la importancia hacia lo visual, lo icónico, lo que los ojos pueden analizar y comprobar... Esto puede suponer una ventaja en muchos sentidos, pero también se transforma en algo peligroso cuando las mismas imágenes son alteradas o utilizadas de forma que se condicione la reacción o percepción de los espectadores. Algo que, desgraciadamente, se da muy a menudo como ejemplos de manipulación mediática.
Y es que los códigos visuales y los códigos fílmicos tienen su propia magia. ¿Quién no sigue imaginando las historias y los personajes de Canción de Hielo y Fuego de una forma diferente a como se han representado en la serie Juego de Tronos? Este último es un ejemplo ideal, ahora que la HBO ha decidido pasar de una adaptación directa a una libre interpretación de la historia de los libros, pues se pueden dar grandes ejemplos de narración cinematográfica mientras la trama de la saga de libros es desarrollada por otros derroteros. La magia de la literatura que nunca será capaz de captar el cine es la capacidad de evocar diferentes imágenes mentales para cada lector, una visión única para cada persona que abra un libro y se disponga a zambullirse en sus historias.
Por otra parte, la capacidad narrativa del cine tiene la capacidad de generar reacciones y sentimientos con sus propias herramientas. En el cine también existen modelos rizomáticos para generar suspense. Un ejemplo claro es Prisioneros, película del 2013 trágicamente olvidada con una trama central que pivota del drama familiar al thriller de suspense con toques de acción y cine negro. El entramado del guión se compone de tal forma que, efectivamente, la atención del espectador se dispersa para centrarse en varios factores al mismo tiempo y se distrae del foco central, el origen que pone en marcha el motor de la acción. Como estrategia de ocultación y de generación de tensión, funciona magníficamente.
En una etapa en la que el lenguaje audiovisual está más explotado que nunca, le llega el turno de nuevo a la literatura de recuperar y afianzar una magia que, por cuestiones de forma y de capacidad, nunca podrá alcanzar el cine y la televisión. Puede que las artes contemporáneas (como el cómic y la novela gráfica y los videojuegos) también sean capaces de desatar el potencial del arte entrópico, o puede que este tipo de modelos rizomáticos lleguen a su momento de crisis de un momento a otro. El tiempo lo dirá.